sábado, 29 de julio de 2017

Inocencia

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De las manos que trenzan 
antecediendo la escuela,
de los espejos de agua
al vaivén de los caminos,
del trigo herido de amor
en el crepitar de la hornilla,
del lenguaje de las aves
en el silencio de la palabra,
de la nívea crema
en el despertar del establo,
de las brisas y de los vientos
en los pliegues de los trajes,
de la vida preñada de muerte 
en el éxodo de los abuelos.



miércoles, 26 de julio de 2017

Nada queda


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Las noches 
las madrugadas
los vientos
las lluvias
los solsticios
y equinoccios   
la fases de la luna
los aromas
el silencio
las risas
los abrazos
los besos...

han borrado sus huellas
de mis muros altivos 
de mujer.


domingo, 23 de julio de 2017

Certeza


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Si me atrevo
a desnudar mi nombre
en la calidez de su sombra
es por el cobijo 
que dan sus ojos 
por el silencio
en las frustraciones
por las decenas de pájaros
que vuelan desde sus cuencas
y avasallan
en los ocasos
sus tristezas 
y las mías.



sábado, 22 de julio de 2017

agapornis

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Al abrir su jaula
el ave
hendió frías celdas
de aquellos ojos
-fueron libres-
su canto
-estela de gorjeos-
se elevaba 
entre anaqueles y cornisas,
intimidaron la afonía
y se asilaron coloridos
en la paz de mi garganta.





jueves, 20 de julio de 2017

Sueños


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La anarquía en el espíritu
no permite decantar
el idioma de la fe,

en crisálida el amor
hará eclosión con la desnudez del hijo,

presente calma
unge luz
en los puntos cardinales de julio,

rumor de canto en los poros del día,
abate sombras
duplica vida.

Hueso y corazón
mástiles, 
sustentan el emblema de mi nombre.



domingo, 30 de abril de 2017

Predestinada





Me sumerjo 
en la espesura de su nombre
él es un todo,
valle o una montaña 
es cuestión de geografía,
escucho su canto 
en la ribera de las estrellas,
al fermentar su espíritu 
en un caldo de versos
el aroma de tan mustia  transparencia
desmiente su voz,
lanza su carne a quien le sigue
busca sus huesos
puntales de su propia existencia.






jueves, 27 de abril de 2017

En el tiempo de los tiempos



En la época de mi niñez
las horas eran un terrón de azúcar. 

Se disolvían muy despacio entre la escuela y la casa,
en los caminos empedrados
en los charcos que hendían  las lluvias
en los pastizales llenos de nidos
en los cipreses y los ocales 
en el borboteo de las corrientes
en las huertas y en las conejeras
en el calor de las hornillas
y en ese cobertor de brazos
que tonifican la carne y el pensamiento limpio.

En el tiempo de la fantasía
y los amaneceres presuntos: 
Los horizontes eran tapices de dientes y de ojos
de mantas voladoras,
de ansias que perforaban luces matutinas,
de corredores expandibles para canastadas de pies
y con ese aroma de paz y de orgullo  ancestral
del lúdico café tostado por las manos ciertas
y molido con el don del pecho, sabía de los abuelos
sabía roja y calígine,
apostillada en la mirada con la algarabía de la casa.

En la cosecha de la infancia y de los ocasos probables.
Ropas con betún de campo y jirones enarbolados, 
lábaros (otrora camisas) que conquistaban los armarios 
de reyes y de reinas en castillos comunales,
en somnolientas batallas, forjadas entre los zarzos
y ese cielo como testigo de los pliegues en las mejillas.

De las horas de los abuelos y de sus infinitas historias. 
Riberas apacibles y de espejos colmados de peces,
coros en los corrales y su níveo manjar, 
planicies doradas de espigas, con la brizna que nos unifica,
cortijos entre los valles donde se humecta la piel
con el sudor del suelo sagrado y que acoge los sembradíos,
se investían de glauco ropaje hasta avistar la primavera
renovando los atuendos con los colores alegres
para entregar toda su mies, a paladares distantes.

En las noches sin velos y de faroles en el firmamento
de jardines en la oscuridad donde corteja la luna,
los duendes invisibles y los héroes de las fábulas
asaltaban los rincones, las buhardillas y los tejados
alcanzados a través de puentes hechos con la inocencia
y esos locos corazones hinchados de alegría,
reposaban a las ocho, después de la merienda.

Todo era tan cierto, como los huesos y la carne
como la espuma de las corrientes y los algarrobos de los huertos,
todo era tangible, todo universal y todo tan … efímero
como los abrazos y los besos y las planas en las cartillas,
las huellas en el polvo
el arcoíris y las mariposas, después de los aguaceros,
las alboradas y las tardes, del sol y las estrellas.

Era el tiempo de las cometas, de los lazos y las pelotas,
alondras eran los pies y tañer de risas en los guaduales
años bienaventurados de libertad y de paz
de cuentos y de poesía
de bailes y de teatro…

… se silencian hoy  los calendarios
al llegar la tecnología
y suspiran olvidados en los anaqueles del alma.